sábado, 19 de octubre de 2013
Habana " estampas de un viejo recorrido" novela narrativa publicada por la editorial United-pc..
Viaje de ida y venidas a la Habana. Una década de ausencia donde la Ciudad ,me envuelve en su melancolía.
Capítulo 1. He vuelto después de tanto tiempo.-
Hoy volví a mis raíces allí donde todo está igual como lo deje hace años, una década de ausencia y de olvido, pero todo sigue igual, la derruida pintura de los viejos muros que anuncian el pasado de miles de historietas y huracanes. La lluvia va dejando huella de la existencia de fósiles que se resisten a ser borrados de la faz de la tierra, esa tierra verde que se asemeja a un gran caimán, Cuba, allí he vuelto. Me invade la melancolía, cuántos recuerdos, mis amigos están como la ciudad, más viejos pero son los mismos, siguen riendo y vendiendo todo lo que se puede o lo que les dejan. Qué ironía de la vida, una isla rodeada de mar y aislada a la vez de la potencia imperialista más rica del mundo, Cuba. He vuelto y a la vista todo sigue igual, la rutina del día a día, los cotilleos o chismes como lo llaman los habaneros; esa mi capital, que subido en lo más alto del Castillo del Morro observas una perspectiva fantástica de la Melancólica Habana, una ciudad que imprime una nostalgia que echa de menos a sus hijos que han partido por motivos diversos, políticos unos y otros por reencontrarse con los suyos, que desde la lejanía escuchan las noticias de La Habana con mucha tristeza.
He vuelto, pero pasa que apenas recuerdo donde están ubicadas las casas de mis amigos, las escaleras han sido destruidas por la lluvia y aún sigue ahí esperando que se arregle todo el desastre del pasar del tiempo. Miro y no encuentro respuestas, sólo la impotencia de seguir mi camino sin rumbo dentro de mi propia ciudad, su cansada gente, apenas logro reconocerla, todo escombro de las ruinas de las obras de hostilidad o de los muros de olvido.
¿Dónde están mis amigos? La ciudad te envuelve en la melancolía, un suave aire te envuelve al instante, la risa de unos niños que corren descalzos sobre una laguna en las calles del dolor. Cuánta tristeza hay en sus rostros, pero tienen esperanza, ríen, cantan y observan como grandes búhos el futuro y allí en el recreo dibujan sus sueños y echan alas a su imaginación, pero existen, viven como murallas que se aferran a la tierra fértil, los surcos brotan y brotan seduciendo al malecón, allí donde mis amigos y yo solíamos ir en busca de aventuras y algo más, mujeres que a pesar de todo siguen heredando lo mejor de nuestras raíces: un color canela con mezcla de café con los ojos dibujados y tatuados a la piel de la india taina.
Con mi familia recorro las viejas calles que anuncian la ausencia de mis huellas y me preocupo. Mi ciudad no me recuerda y estoy perdido en mi propia isla. ¿Qué es lo que pasa? ¿Cómo puedo olvidar mis calles, mis árboles, mis gentes? ¿Por qué pasa si sólo han pasado nueve años, no un siglo? Pero ¡por dios! ¿ qué es lo que me pasa?, es la distancia o el frío de Europa o la crisis -¡qué crisis!-, la de los políticos. Yo siempre he tenido crisis o si no miren a mis raíces, a mi gente, que esos sí tienen que arreglárselas como puedan para sobrevivir ante las adversidades. No tenemos dólar ni euros pero sí la resistencia de esos fósiles que se pegan a esos dientes de perros, que no hay quien camine sobre ellos descalzo a plena luz del día grabando la huella encendida de nuestros cuerpos. Los cuervos vuelan cerca junto a las auras tiñosas en busca de almas perdidas y ellos son los mensajeros de la muerte, decía mi sabia abuela. No sé pero a veces pienso que todo es verdad.
Una tarde vi un cuervo sobre la azotea de mi casa emitiendo un sonido tétrico que anunciaba la muerte de algún conocido, unos iban corriendo a jugar el número asociado a esta ave en la lotería y otros se enteraban enseguida de la muerte de algún vecino del barrio. En las noches se podía ver todo tipo de roedores, parece que habían escogido La Habana por su clima para asentarse como invasores de una plaga que ocupa un lugar importante en la isla. En Cojimar, donde está la casa de mis padres, los insectos están en contacto con la familia, de hecho forman parte de ella de una forma activa. Juan, mi padrastro, es adicto al trabajo y tiene sembrado de todo a la entrada de su casa, además tiene cría de gallinas y conejos, y un pato bastante viejo para hacer crianza. Es difícil sobrevivir el día a día de mi Habana pero la gente es fuerte como la ceiba, curtida en muchas batallas a través de distintas generaciones. Sus raíces son como ese fósil que se arraiga a los dientes de perro de la roca en busca de solución y respuesta a todo o casi todo.
La Habana después de muchos años, ha conservado su arquitectura ecléctica dando una visión retro inconfundible, haciéndola única, donde coches de distintas épocas se mantienen circulando gracias al ingenio del cubano y crees que estás en los años 50 con la diferencia que las calles no estaban con tantos baches y las casas tenían su color original, pero del escombro germinan miles de girasoles que se atraviesan sobre los derruidos muros de mi ciudad.
El cálido amor de mi familia, pobre, pero llena de amor espiritual por el que todos nos abrazamos en uno, nos hicimos fuertes olvidando por un instante lo difícil del reencuentro. Mi familia estaba sufriendo la metamorfosis de los cambios pero ahí siguen, riendo y contando los cuentos del viejo Gelasio y Dulce, mis abuelos. He vuelto pero no para hacer turismo, sino para visitar a mi familia, allí donde está la huella de mis orígenes, de quien soy, buscando mi rincón, tratando de conectar con otros tiempos que ahora vuelvo a revivir allí al final de un camino bajo el sol ardiente de la isla en mi Plymouth del 52 azul, cabalgando por las calles y resistiendo al paso del tiempo con combustible de avión en vez de gasoil, lo único que falta es ponerle alas a 'los almendrones' y echarlos a volar sobre el mundo, pero no a Miami.
Esa ciudad la conocí por partida doble y a diferencia de la melancolía de La Habana, esta urbe está como muerta, es un cementerio de máquinas de dólar, y los cubanos que conocí parecían marionetas o maniquíes de consumo donde no tienes derecho a vacaciones, ¡menudo sueño americano!. Prefiero mi Habana llena de baches y sus casas con huellas de otros tiempos. Madrid se acerca a la Cuba que yo imaginaba aunque con sus defectos como toda gran ciudad, lugar donde vivo y donde trato de recrear mi Habana, esa que no me dejará nunca aunque tenga mil nacionalidades, que me acompañará siempre allí donde vaya. He vuelto y no me arrepiento, he revivido en pocos días toda una vida y me quedan todas las fotografías del reencuentro.
Un viaje hecho para que conocieran a mi pequeño hijo Hugo, ese pequeño que ha nacido fuera de mi Habana y que tiene tanto de ella, parece como si supiera que sus raíces están allí cerca de la costa de Cojimar y sus dientes de perro. Se lo pasó mejor que nadie y como gran soldado luchó contra las tormentas y huracanes. Para conocer un poco más de él y sus orígenes, en mi Habana aprendió a degustar el tamal, tostón o plátano frito, la malanga y el batido de mamey, y sobre todo el sentirse libre al adentrarse en el mar, quería correr sobre el azul de las olas de Santa María, las playas al norte de La Habana. Mi hijo es feliz, ya conoce la tierra de su padre y seguro que pensará en su pequeña cabeza ¿dónde estoy, dentro del paraíso o en un cuadro barroco de papá?
He vuelto y no lo anuncio no quiero recibimientos, sólo quiero ver a mi familia, a esos que siempre te echan de menos y te quieren sin más. Vale la pena volver a comer la comida llena de aromas y mezclas elaborada por tu madre en un marco reducido que representa a tu isla, a tu país y a tu identidad. Camino tratando de buscar las calles y direcciones que caminaba sin parar y sólo encuentro escombros de lo que un día fue una fachada colonial, un solar barroco o balcones de esta ciudad y en la que hoy anuncian el templo del olvido. El salitre va comiendo sin parar la estructura de mi vieja Habana, la lluvia, la humedad y el sol se encargan de borrar el paisaje de lo real maravilloso de mi Habana, sumida en un retrato de los años 50 con sus viejos coches anunciando la decadencia de lo que fue, pero a pesar de todo hay esperanza, la gente sueña y derrumba los fantasmas de lo imposible, aquí todo se puede, ¿qué sería de mi isla sin el milagro del cubano luchador nato? Muchos ahogan sus penas en el alcohol Azuquín, un preparado que viene de oriente, tierra ardiente donde el ron se toma desde horas tempranas. Estoy orgulloso de ser cubano y cuando sales de la isla todos se preguntan, ¿qué pasa en la isla?, ¿algo funciona?, pues no, es la magia cubana de resolver todo lo que sea imposible.
He conocido nuevos amigos, a todos nos une un mismo sueño, el amor por la Habana y sobre todo a la familia, a esa que siempre te espera y no pide nada a cambio. He tenido suerte porque son especiales y han sobrevivido a muchas crisis y siguen firmes como columnas soportando el paso del tiempo, sobre todo mi madre que parece haber hecho un pacto con el diablo y no envejece como mi vieja Habana, llena de embarcaderos y tiendas que se compra con CUC, la moneda convertible en euros y que, de verdad, no logro administrar, serán los precios que están muy por encima de lo normal. Pero bueno he vuelto a La Habana, a mi ciudad dormida rodeada de sal y donde el humo del tabaco se convierte en arena fina.
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